Meditación: La llamada a ser mártir – Por el Padre R. Maloney

Fecha de publicación: 18 noviembre 2018

Federico Ozanam era bastante realista. Él sabía lo improbable que era que él sufriera la muerte violenta de un mártir, derramando su sangre por sus creencias. Pero escribió con elocuencia sobre la llamada al martirio, instando a sus amigos y seguidores a ofrecer sus vidas como un holocausto por Cristo y por los pobres. El 23 de febrero de 1835, él escribió a Léonce Curnier: “La tierra se ha quedado fría. Depende de nosotros, los católicos, que volvamos a encender el fuego incontenible que ahora se está apagando. Nos toca a nosotros reiniciar la era de los mártires. Porque ser mártir es algo posible para todos los cristianos. Ser mártir es dar nuestras vidas por Dios y por nuestros hermanos y hermanas. Es dar nuestras vidas en sacrificio, ya sea que se consuma el sacrificio una vez por todas como un holocausto, o que suceda lentamente. Ser mártir es dar al cielo todo lo que hemos recibido – nuestro oro, nuestra sangre, toda nuestra alma. Esta ofrenda está en nuestras manos. Es un sacrificio que podemos hacer. Depende de nosotros el elegir a qué altar queremos llevar nuestro sacrificio, a que dios queremos consagrar nuestra juventud y vida posterior, y en qué templo nos queremos reunir – a los pies del ídolo del Egoísmo o en el santuario de Dios y de la humanidad.”

 

Dos siglos antes, el 19 de Agosto de 1646, Vicente de Paúl expresó la misma convicción a las Hijas de la Caridad, “Una joven muchacha vendrá desde trescientas o cuatrocientas millas, de Flandes, o de Holanda, para consagrarse a Dios en el servicio a las personas más abandonadas de la tierra. ¿No es esto ir al martirio? Si, sin duda. Un santo Padre ha dicho que cualquiera que se entregue a Dios para servir a su prójimo y soporte todas las dificultades que se pudiera encontrar por ello, es un mártir. ¿Sufrieron los mártires más que estas Hermanas? Realmente, no, seguro que no. Estas mujeres que se entregaron a Dios están a veces con personas enfermas llenas de infecciones y llagas y a menudo cubiertas de fluidos corporales nocivos; a veces con niños pobres para los que hay que hacer todo; o con pobres condenados cargados de cadenas y de penas. Hay que tenerlas en gran estima y considerarlas como mártires de Jesucristo, puesto que sirven a su prójimo por amor a Él.” (CCD:IX:214)

Todos hemos conocido a mártires vivos, hombres y mujeres heroicos que derramaron sus vidas día tras día. Los conocimos, quizá, en casa en una madre o padre desinteresados; o en la escuela  en un profesor que ganaba poco pero que daba mucho. Permítanme sugerir las siguientes características del martirio que Federico llama “algo posible para todos los cristianos.” Un mártir:

  1. Ama a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente, y con toda su fuerza.
  2. Expresa ese amor en un servicio de sacrificio hacia los demás, a costa de su tiempo, energía y compasión.
  3. Abraza a los miembros necesitados de la sociedad con amor, como hizo Jesús, aunque sea criticado por ello.
  4. Persevera en amar fielmente en los tiempos buenos y en los malos o, como lo expresa el rito del matrimonio, “para lo bueno o para lo malo, en la riqueza o en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, hasta la muerte.”

En este libro, El Coste del Apostolado, el gran teólogo del siglo XX, Dietrich Bonhoeffer, escribió: “Cuando Cristo llama a una persona, le emplaza a que venga y muera.” Cuando escribía estas palabras, Bonhoeffer no sabía que ocho años más tarde él sufriría una muerte violenta a manos de los Nazis; más bien, como Vicente de Paúl y Federico Ozanam, él estaba proclamando que la llamada de Cristo al martirio se dirige a todos los discípulos.

Al mirar hacia el futuro, ¿cómo me llama el Señor, en cuanto que miembro de la Sociedad, para ofrecer mi vida más plenamente en un amor de sacrificio?

 

Robert Maloney – París – Nov 2018

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