¿Conoce a Paul Lamache?

Fecha de publicación: 16 mayo 2019

Profesor eminente de Derecho y sobre todo uno de los siete fundadores de la primera Conferencia de Caridad en 1833, amigo íntimo del Beato Federico Ozanam, fue él quien, entre los primeros, denunció la esclavitud. El Consejo General ha encontrado un documento excepcional que elabora su retrato. Se trata de un artículo publicado en 1933 (con ocasión del centenario de nuestra asociación) en un periódico semanal de Grenoble titulado “La Cruz de Isère”. A través de las múltiples anécdotas que nos han contado, descubrimos a este hombre de bien, brillante pero profundamente humilde y piadoso cuya vida sencilla no deja de sorprendernos e inspirarnos…

Algunos recuerdos

Ahora que se celebra el centenario de las Conferencias de San Vicente de Paúl, es interesante para nuestros lectores recordar la fisionomía de Paul Lamache que vivió en Grenoble durante diecisiete años, y que fue uno de los promotores de esta hermosa institución.

Nació en Normandía, en Saint-Pierre-Eglise en 1810. Su familia era profundamente cristiana. Un sencillo dato, bastante curioso pero muy raro, da una idea de ello: durante más de un siglo sin interrupción, la parroquia de Pernelle tuvo «Lamaches» como curas.

La Revolución arruinó casi totalmente a los Lamache. Al mismo tiempo, dio al abuelo de Paul la ocasión de servir a la Religión proscrita. En la pequeña casa paterna de Saint-Pierre-Eglise, escondieron a sacerdotes: el relicario que adornaba el altar donde celebraban Misa todavía existe.

Muy pronto, Paul Lamache debe dejar este medio patriarcal, sus estudios le llevan primero a Rouen, y luego a París.

Fue en París, donde conoció a Ozanam. A pesar de la distancia de sus países de origen, muchas circunstancias les acercaban: ambos hijos de médico, ambos hermanos de un sacerdote.

Entre los estudiantes, constatan la influencia Volteriana: surgen discusiones a menudo tormentosas. Un día, en 1833, al salir de una reunión, Ozanam dice a sus compañeros, volviéndose especialmente hacia Lamache: “¿No le parece que ya es hora de unir la acción a la palabra y de afirmar con actos, la vitalidad de nuestra fe?”.

Todos acogieron la idea con entusiasmo y, algunos días después, en el pequeño cuarto de Paul Lamache, en el hotel Corneille, se reunían los siete primeros miembros de las Conferencias.

París debe también a la misma iniciativa otra institución de gran prestigio. Una vez más, fueron los inseparables amigos, Ozanam, Lallier y Lamache los que se presentaron, el 13 de enero de 1834, en casa del arzobispo Monseñor de Quelen, a fin de obtener una enseñanza religiosa especialmente dirigida, desde lo alto de la cátedra metropolitana, a la juventud de los colegios. Las Conferencias de Nuestra Señora que han ilustrado a tantos nombres y que han salvado tantas almas, respondieron poco después a este deseo.

Olvidemos ahora, si es posible, las grandes cosas en las que su juventud se vio implicada, para seguir el curso más modesto de su vida, e indicar las principales etapas de ella.

Habiendo terminado sus estudios y obtenido el diploma de doctor en derecho, Paul Lamache tuvo primero alguna dificultad en orientar su futuro. Empezó en el colegio de abogados de París, colaboró en distintas revistas jurídicas y literarias, participó, entre otras cosas, en la fundación del Correspondant; se hizo conocido gracias a varios opúsculos que tuvieron repercusión. A él le corresponde primero, el honor de haber reclamado, en 1842, la liberación de los Negros. Pues su hermano, el abad Jérôme Lamache, quien fue cura en Saint Pierre (Basse-Terre) de Guadalupe le había documentado mucho; éste tenía una gran influencia sobre los Negros que le consideraban como un salvador.

Pionero modesto y desconocido, Paul Lamache abre el camino que seguirán hasta el final del siglo los más ilustres liberadores de los esclavos, como el Cardenal Lavigerie.

En el momento en que empezó a reunir los documentos que iba a poner en marcha con un talento ya maduro, en su escrito sobre la esclavitud Paul Lamache no carecía de inquietudes acerca de su porvenir: no sólo intentaba entrar en la magistratura, sino que aún se preocupaba más por crear un hogar. La incertidumbre del futuro, la ausencia de un puesto estable, las funciones remuneradas le hacen temer un aplazamiento indefinido de sus deseos más legítimos. Al escribir a un amigo que iba a casarse, y volviendo a sí mismo, él añade: “En cuanto a tu pobre amigo Lamache, hay razones de peso para temer que necesite el resto de su vida una virtud muy difícil y muy dura, la resignación.”

Poco después, en febrero de 1843, la bondad divina favoreció sus deseos y se casa con la Señorita Henriette d’Humbersin, hija de un teniente coronel de artillería y nieta de Philippe Lebon d’Humbersin, el inventor del alumbrado de gas: ella iba a ser su compañera durante medio siglo.

Toda su vida, sentiría el amor hacia los pobres y hacia las Conferencias de San Vicente de Paúl; prueba de ello es esta divertida anécdota: en Grenoble, en una buhardilla de la parroquia de Saint-Bruno, vivía una buena anciana, muy castigada por los años… Era la visita preferida del Sr. Lamache. Ya no era muy joven; era una escalera dura de subir pero, a pesar de ello, era muy regular en su visita de caridad. Cerca de su protegida, su rostro se iluminaba con tal alegría cuando hablaba que, un día, riéndose, la Sra. Lamache le dijo: “Paul, sabe usted, pronto estaré celosa de su buena anciana”. Él no se podía quedar impasible ante la miseria. Desgraciadamente, ¡no tenía la riqueza de Creso! Pero lo intentaba todo para ayudar a los que sufrían, como muestra esta anécdota:

En sus visitas a una familia necesitada, él había observado una pobre obrerita que corría el riesgo de quedarse jorobada. En su segunda visita, vio que su estado había empeorado. Pero ¿dónde encontrar los recursos necesarios para tratar a la enferma? En seguida, pensó en sus grandes proveedores, quiero decir los Cartujos. Pero, lo que pasaba es que unos días antes, había subido ya a la Gran Cartuja a tender la mano para sus pobres. No aguantando más, con su mejor pluma, escribió al Padre Prior; al mismo tiempo que comunicaba a la Sra. Lamache su temor de que, esta vez, le negaran la ayuda.

A vuelta de correo, el bendito sobre llegaba con los subsidios solicitados. Aquellos buenos frailes nunca le negaban el auxilio para sus obras.

Me parece oportuno recordarlo aquí; el Sr. Lamache vivió rodeado de su familia. Hace sólo algunos años morían, a poca distancia una de otra, las Señoritas Adrienne y Marie Lamache, sus hijas.

El doctor Lamache, de St-Marcellin, las había precedido en la tumba. Éste, aún más que los demás, por su carrera, parecía continuar en el país del apostolado de su padre. Sintiéndose tocado y perdido, me decía estas palabras que resumen su vida: “Para abrirme las puertas del Cielo, cuento con los niños que he bautizado tras su nacimiento, y con los moribundos a los que administré los sacramentos”. En efecto, si él no hubiera velado, ¡cuántos hubieran muerto sin los sacramentos!

Entre los nietos de Paul Lamache, varios oyeron la llamada de Dios. Uno de ellos, Maurice Lamache, hijo de M. Lamache establecido en Lyon, se hizo sacerdote; su hermana Elisabeth, religiosa del Buen Pastor y, finalmente, Marie Lamache, hija del doctor, superiora de la Visitación de Vif, murió hace algunos meses.

Permítanme recordar que cuando Paul Lamache estaba próximo a morir, un miembro de las Conferencias de San Vicente de Paúl reclamó un puesto de devoción que consistía en velar por su bienhechor. Este miembro, carpintero, llegado pobre a Grenoble y cargado de familia, se acordaba del bien que en aquel momento le había hecho el Sr. Lamache.

Ahí no quedó su agradecimiento; varios años más tarde, cuando la Sra. Lamache, muy mayor, ya no podía salir, él venía a hacerle cortas visitas e incluso unos días antes de su muerte, cuando ella tenía pleno conocimiento pero sus ojos ya se velaban, habiendo expresado el deseo de que le leyeran alguna obra piadosa, él reclamó de nuevo su puesto de devoción y leía para ella.

Para terminar, sólo voy a citar un rasgo de Paul Lamache y Dom Bosco. La próxima canonización del santo Religioso dará a este recuerdo una piadosa actualidad.

Hacía algunos años que el Sr. Lamache estaba en Grenoble, cuando su mujer cayó gravemente enferma: ya no podía alimentarse, los médicos la consideraban perdida. Humanamente, no había nada más que hacer. Pero, con su profunda fe, Paul Lamache, al enterarse de que Dom Bosco estaba de paso en Grenoble, hace un último intento. Fue entonces cuando se pudo ver atravesando la multitud a un anciano de pelo cano. Se arrodilla ante el santo religioso, y le pide su bendición y le suplica que rece para obtener la curación de su esposa.

Dom Bosco parece reflexionar:

–          ¡Haga Usted por los pobres algo que le cueste mucho! ¿Tienen sus hijas joyas de familia a las que estén muy apegadas?

–          ¡Si!

–          Pues bien, que las envíen para las obras de mi parroquia de María Auxiliadora.

Como se ve, el sacrificio era duro. Sin embargo, unos días más tarde, se ofrecían los pequeños tesoros de familia.  Y llegaba un telegrama de Dom Bosco, que decía: “Se obtendrá la sanación, si es necesaria para la salvación”. Pues bien, ¡la Sra. Lamache vivió veinte años más!

Cuando se evoca este pasado, y el bien que se hizo, gracias a la generosidad de Paul Lamache, nos sentimos arrastrados a una peregrinación a St Roch, para arrodillarnos ante la tumba del que comprendió y practicó tan sobrenaturalmente la caridad de Cristo.

Artículo publicado en el periódico semanal “La Croix de l’Isère” del domingo 11 de junio de 1933, Grenoble.

Compartir

Boletín

Reciba todas las noticias del Consejo General y de la SSVP suscribiéndose al Ozanam Network, el Boletín del Consejo General Internacional que se publica en 4 idiomas (francés, inglés, español y portugués).

Suscribirse

Lecturas espirituales

Lecturas, reflexiones y relatos personales semanales para profundizar su espiritualidad...

Leer

Leer también

Más lecturas